LA RAÍZ AFRICANA
La primera revolución musical del Siglo XX
La raíz africana en la primera revolución musical popular del Siglo XX, en el Río del La Plata, fue implantada en el Siglo XIX, siendo los puertos de ambas orillas, Buenos Aires y Montevideo, el núcleo de la gestación, con la fusión de un abanico de culturas migrantes de origen africano y europeo, de los más diversos estratos sociales. Desde los barrios al centro de las ciudades, desde los pobres a las clases altas.
El Censo de 1778, realizado en Argentina, arrojó que el 46% de la población tenía origen africano. Así, por esta línea de tiempo, un día, queriendo ser la voz cantante de un pueblo, el tango brotó desde lo profundo del eco de la vida y con aire citadino, se escuchó “¡Pido permiso señores, soy el tango!” y gano el centro, la atención de todos, revolucionando la cultura popular del mundo.
El tango es esa indómita e insolente expresión del arte humano inspirado en sí mismo, cuyo nacimiento «singularmente oscuro» en el Siglo XIX, imponían las corrientes inmigratorias llegadas oficialmente y clandestinamente a esta parte del mundo.
Llegaban de la tristeza, esperanzadas, sofocadas de dolores y desazón. Hambrunas, guerras, persecuciones, enfermedades. Calamidades perpetuas, dolores eternos, que se disipaban en el en el tambo o tangó, lugar de baile de los afrodescendientes argentinos.
Según dato de diferentes investigadores la palabra tango o tangó (lugar de reunión), ya aparece en un documento escrito porteño del 11 de noviembre de 1802 y es un boleto de compra-venta de un “sitio de negros” en el barrio de La Concepción (hoy Constitución).
Siempre, africanos batiéndose frente a la discriminación , la esclavitud, y europeos, cobijándose en las pámpidas noches de sudamérica, sin resentir su origen, sino mezclando sentimientos en la más amplia gama de estratos sociales, de razas y géneros humanos, subvirtiendo el mandato de la clase dominante, que imponía solo lo establecido. Donde nadie, osaría cambiar nada en esta parte del planeta, donde lo raro, lo ajeno era despreciado, marginado, se ve la luz.
Se ilumina el «nuevo mundo», por la flagrante e invisible tonalidad de los seres, que instrumentos en mano, voces sin maestría, instalaban el acontecimiento que enlazaría, poetas, escritores, letristas, músicos, artistas plásticos, pintores. famosos, desconocidos, ilustres, eruditos, ricos y pobres: el tango.
¡Danza prostibularia!..gritaban unos…¡Cosa de negros!…vociferaban otros…. ¡Ritual erótico y clandestino!…exclamaban escandalizados aquellos que escribieron con la mano y borraron con el codo, las normas de «lo que es bueno» y «lo que es malo».
La ignorancia, si, solo la venenosa ignorancia, puede desalojarnos de la realidad y llevar a enredarnos en palabras que no asumen lo naturalmente explicable.
El antropólogo Norberto Pablo Cirio e investigador del Instituto de Etnomusicología de la Ciudad de Buenos Aires afirma que: «la historia oficial fue escrita consultando fuentes investigadas por blancos, desde un racismo científico naturalizado de neutral». El antropólogo ha venido entrevistando desde hace tres décadas a distintas generaciones de afroargentinos de muchas partes del país, y afirma que es posible construir una historia del tango a partir de esa memoria oral, de sus documentos y testimonios.
Diego Fischerman (crítico musical-Página 12) entiende el fenómeno así: “no música del África central; más bien piezas de salón provenientes de la cultura dominante en las colonias”.
El escritor argentino Jorge Luis Borges sugiere una mitología del tango: “En un diálogo de Oscar Wilde se lee que la música nos revela un pasado personal que hasta ese momento ignorábamos y nos mueve a lamentar desventuras que no nos ocurrieron y culpas que no cometimos; de mí confesaré que no suelo oír El Marne o Don Juan sin recordar con precisión un pasado apócrifo, a la vez estoico y orgiástico, en el que he desafiado y peleado para caer al fin, silencioso, en un oscuro duelo a cuchillo. Tal vez la misión del tango sea ésa: dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y el honor”.
En mi opinión, piezas de salón donde las «negras», los «negros», los «pardos», las «pardas», los «morenos», la «morenas», etc, tuvieron todo que ver.
El tango, nació entre el margen y los renglones vacíos de la vida y el arte. Baile-música, música-baile que tuvo para si la «prohibición» por su origen. El tangó o tambo, ritual de la raza negra, que derivo en tango, viendo la luz desde la habanera y la milonga. Tango que desde fines del siglo XIX, un decreto porteño “prohibía el acceso de mujeres” a las academias donde se veneraba su existencia. Culto «non sancto», según la calificación de los mandantes…
Es por eso, que lo bailaban los varones para practicar y difundir los pasos y movimientos, que lo hicieron atractivo y famoso en el mundo.
El tango comienza a narrar los dramas de la vida diaria, de la convivencia, de las relaciones humanas. Los conflictos, de raza, de clase, de religión, la cuasi esclavitud de los inmigrantes y de aquellos residentes en este suelo que gozaban de la negada fortuna que sí asistía, a la clase alta.
El tango es negro, pardo (negro, blanco y amerindio), mulato (negro, blanco), moreno (tez oscura), blanco, amarillo, rojo, multicolor, por naturaleza no es racista. Tiene credencial orillera, barrial, del mundo del centro de la gran ciudad. El tango fue y es una efervescencia con clase, sin fronteras, tuvo y tiene elasticidad, admite usos contrapuestos: como un acto de consumo, sin igual, y en los más de cien años de asiento en la música de raigambre popular, demostró ser homogeneizador social y aplanador de elites.
Los afroargentinos desde la época de la esclavitud colonial hasta lo que se ha podido documentar de su protagonismo en el Siglo XX, demostraron su afición por la música, siempre tocaron, compusieron, danzaron, y generaron lugares donde compartir sus tradiciones.
Entre las obras de los afrodescendientes, figura “El entrerriano” (1897), del compositor y pianista Anselmo Rosendo Mendizábal (firmaba A. Rosendo), como el primer tango formalmente creado, dándolo como inicio del período conocido como Guardia Vieja (1897-1920). Alcanza gran popularidad junto a otros dos «Don Juan» y «El choclo»
«El Negro Agapito» y la Casa Lepage
El primer bailarín de tango que promociono la danza en una película del cine mudo, fue el afro-argentino Agapito, en 1900.
Mucho antes de que la «tangomanía» conquistara los salones de París, Argentina ya exportaba su identidad visual mediante la tecnología más avanzada de la época. El motor de esta gesta fue Enrique Lepage, un empresario belga y pionero esencial de la fotografía en el Río de la Plata. A principios de la década de 1890, fundó en Buenos Aires la emblemática Casa Lepage (originalmente en Bolívar 375), el primer establecimiento dedicado a la importación de equipos de filmación y proyección en el país.
Junto a sus socios, el francés Eugenio Py y el austríaco Max Glücksmann, Lepage introdujo la maquinaria cinematográfica profesional en el país. En el año 1900, bajo el sello de la Casa Lepage y con la dirección técnica de Py -quien operó probablemente una cámara Cronophotographe Demenÿ-Gaumont—, produjeron lo que hoy se reconoce oficialmente como el primer registro cinematográfico de tango en la historia mundial.
El Protagonista: La impronta afro-argentina y el teatro popular
La película captura el arte del bailarín afro-argentino conocido como «El Negro Agapito» (o «El Moreno Agapito»). Agapito era un reconocido artista cómico -un «toni» o payaso de circo- integrante de la legendaria compañía de los Hermanos Podestá. Esta conexión es fundamental porque los Podestá fueron los grandes impulsores del teatro nacional y los primeros en llevar el tango al escenario teatral, lo que explica por qué Agapito fue el elegido para representar el baile ante la cámara.
En la cinta, Agapito despliega con maestría los «cortes» y quebradas típicos de la época. La filmación se realizó en la terraza de la Casa Lepage, que funcionaba como el primer «estudio» de facto en Argentina, aprovechando la luz natural necesaria para las emulsiones fotográficas de baja sensibilidad de aquellos años.
Una estética de exportación
Lejos de la imagen marginal, los bailarines lucen una elegancia sofisticada diseñada para el mercado internacional:
Agapito, viste una chaqueta larga oscura, chaleco, camisa blanca con cuello de pajarita y un ramillete en la solapa, proyectando la imagen de un «dandi» negro sumamente profesional.
Su compañera, de nombre desconocido, luce un vestido tubo de corte moderno, ceñido a la cintura y con un pronunciado escote en la espalda, adornado con drapeados blancos y tiras de tela oscura. Su atuendo se completa con joyas finas, el cabello recogido y un tocado con estola blanca.
Este cortometraje fue concebido con una clara visión comercial de exportación. Formaba parte de los registros que los pioneros enviaban al Viejo Continente para exhibir las costumbres rioplatenses, logrando un éxito notable en las salas europeas y cimentando el término «Argentine Tango» a nivel internacional.
El rescate de la memoria: Renée Lichtig
Durante décadas, este material se consideró irremediablemente perdido. Sin embargo, a mediados del siglo XX, la investigadora y restauradora Renée Lichtig logró rescatar este tesoro. Lichtig, discípula del mítico Henri Langlois (fundador de la Cinemateca Francesa) y experta en la identificación de películas de nitrato inflamable, localizó y restauró una copia del film en Francia. Su intervención permitió validar científicamente que el cine argentino ya circulaba por Europa desde sus orígenes.
Hoy, el metraje se encuentra resguardado en los archivos de la Cinémathèque Nationale de la Danse en Francia y está disponible para el público, permitiendo redescubrir la raíz negra y elegante del tango fundacional.
Para el crítico de cine y periodista argentino Jorge Miguel Couselo, el mencionado Agapito debió ser «uno de los primeros bailarines semi-anónimos del tango». Tango Argentino y otros documentales, como El pericón nacional, fueron exhibidos en las cortes de Alfonso XIII (España) y de Víctor Manuel (Italia), como también en el Vaticano. Europa y Estados Unidos le daban visa al movimiento artístico visual, sonoro y de danza que aceptó el mundo en el siglo pasado y esta vigente hasta el día de hoy.
Entre otros afrodescendientes argentinos, importantes y destacados, figuran estos nombres:
Carlos Posadas
Nació en la Ciudad de Buenos Aires el 2 de diciembre de 1874, hijo del músico, periodista y militar Manuel G. Posadas y de Emilia Smith. Era hermano de Manuel Posadas, quien también destacó en la música porteña y que fue su primer maestro de violín, dandole una formación académica muy sólida que le abrió caminos y el prestigio que le precedía. Falleció en Buenos Aires, donde vivía en la calle Esmeralda N° 215, el 12 de noviembre de 1918, joven aún, a raíz de trastornos cerebrovasculares.
Como ejecutante de tango dirigió algunas orquestas, tocando el violín o el piano, en bailes de carnaval y en algunos escenarios porteños. Como guitarrista, instrumento del que era eximio ejecutante, actuó en el Ópera en la famosa compañía de Madame Berthe Rassimi.
El «Negro Posadas» era junto a otros ejecutantes de raza negra como Alejandro Vilela, Tiburcio Silbarrio, Rosendo Mendizábal, Harold Phillips y Juan Santa Cruz, uno de los habituales intérpretes que amenizaban las llamadas «academias de baile» y cafés de la ciudad y concretamente de la casa de bailes de La Morocha Laura Montserrat y «lo de Hansen».
Fue maestro de muchos músicos e instrumentistas, entre ellos la renombrada concertista María Luisa Anido. Carlos Posadas mantuvo amistad con renombrados músicos de tango de la época, como Juan Bergamino (1875-1959), padrino de su hijo Carlos y a quien había conocido en la Asociación Guitarrística Argentina, el violinista Ernesto «El Rengo» Zambonini (con quien solía encontrarse en el café El Maratón, de Costa Rica y Canning) y Juan «Pacho» Maglio (con quien solía reunirse en el Garibotto, de Pueyrredón y San Luis donde su amigo tocaba hacia 1910).
Juan D’Arienzo, entabló un gran amistad con Posadas, en 1917, recibiendo de su colega violinista y precursor del tango consejos que fueron muy valiosos para su carrera artística.
Como compositor se lo considera uno de los autores de mayor originalidad en la historia del tango en tanto precursor de la corriente «evolucionista», línea estética que creó habrían de transitar luego famosos ejecutantes, como Agustín Bardi, José Martínez, Roberto Firpo, Juan de Dios Filiberto y Horacio Salgán. Estos son títulos de las creaciones en tango del músico y maestro Carlos Posadas: El Toto (dedicado a su sobrino A. Valdez, hijo), El Taita, El Calote, La Llorona (dedicado a Aída Campos), Igualá y Largá, Si me querés, decime, El Gringo (dedicado a Juan Bergamino), El Talero, Cordón de Oro (dedicado a su discípulo y amigo Alberto Cattáneo),Don Héctor (dedicado a Héctor Rodríguez),El Biguá (dedicado a Luis y Pedro Zabalía), El Chacarero (dedicado a su amigo Juan B. Martínez), Guanaco (dedicado a Honorio Valdéz), Jagüel (dedicado a su amigo Teodoro Argerich), El Tamango (dedicado a su amigo Carlos Garibotto), entrre otros.
Cuatro de sus tangos destacan: «Retirao» (El retirao), grabado por Carlos Di Sarli con su orquesta el 11 de diciembre de 1939 y luego por Troilo el 10 de julio de 1957, por Horacio Salgán con su orquesta en 1955, «El jagüel», grabado por Troilo en 1941, por Di Sarli en 1943, 1952 y 1956 y por Juan D’Arienzo en 1967, «Cordón de oro» grabado por Aníbal Troilo «Pichuco» en 1941 y Juan D’Arienzo «El Rey del compas» en 1967 y «El tamango» grabado por también A. Troilo (El bandoneón mayor de Buenos Aires) en 1941 y D’Arienzo en 1967.
Joaquín Mora
Su nombre real Joaquín Mauricio Mora. Se destacó como compositor, pianista, violinista y bandoneonista. Nació en la ciudad de Buenos Aires (Argentina), el viernes 22 de septiembre de 1905, y falleció en Panamá, el jueves 2 de agosto de 1979. De padre argentino y madre uruguaya, de la ciudad de Paysandú.
En 1916 ingresó al conservatorio «Santa Cecilia» graduándose profesor de piano, a los 16 años, en 1921. Inició cursos de perfeccionamiento con Arturo Luzatti, culminándolos con recitales de piano en la sala de conciertos «La Argentina», en la calle Rodríguez Peña, a 50 metros de la avenida Corrientes, y fue construido en 1901 por el arquitecto Juan Manzini.
Fue autodidacta en el aprendizaje del bandoneón, transformándose en un eximio ejecutante.
En 1928, en convocado por el bandoneonista, director y compositor Antonio Bonavena para integrar la fila de bandoneones de su orquesta.
Mora está presente en las grabaciones para el sello Columbia de la orquesta Bonavena y de la típica Columbia dirigida por Alberto Castellano y con Bonavena realiza una exitosa temporada en Radio Prieto de Buenos Aires.
En 1930, junto a Oreste Cúfaro, pianista que había sido compañero en la orquesta Bonavena, y el violinista Roberto Zerrillo, acompañaron a Azucena Maizani en su viaje a Europa, realizando sus presentaciones en España, Portugal y parte de Francia.
En España, Joaquín Mora se incorpora a la orquesta de Irusta-Fugazot-Demare.
Al retornar a Buenos Aires, casi a fines de 1933, pasa a trabajar en la orquesta de Vicente Russo en Radio Splendid.
En 1934, en una madrugada, junto al piano, en el apartamento del pianista, director, compositor y arreglador José Pascual, Mora sacó de su bolsillo un pequeño papelito conteniendo los versos que el letrista y comentarista de tangos, actor y conductor de ciclos radiales Julio Jorge Nelson le entregara en el café «Los 36 billares», de la calle Corrientes, los leyó y surgirían enseguida las notas de «Margarita Gauthier», uno de sus mayores éxitos musicales, con versiones de Horacio Salgán con el cantor Roberto Goyeneche. Miguel Caló con el cantor Raúl Berón (primera grabación en 1942), Astor Piazzolla, entre otros.
En 1943, emprendió una gira recorriendo toda América, viviendo en Medellín hasta 1959 y, finalmente, en Panamá. Allí interpretaría toda suerte de géneros musicales, desde el piano o desde el órgano.
A fines de 1978 regresó a Buenos Aires, habían pasado 35 años. Le decía al diario «La Prensa», el viernes 8 de diciembre de 1978: «Me cansé de sentirme extranjero, se me hizo insoportable. Y he vuelto a casa». A los 73 años se encontraba padeciendo una grave dolencia y, además, sus amigos, casi todos ellos, ya no vivían, circunstancia que le provocó gran tristeza y un día, silenciosamente, así como había llegado, retornó a Panamá.
RAULDELOSHOYOS.COM-SITIO CULTURAL – SIN FINES DE LUCRO
Es fundamental que los archivos sonoros, gráficos y audiovisuales sean considerados un bien cultural.
La UNESCO ha elaborado recomendaciones para la salvaguardia de estos materiales como parte de la memoria
del mundo. Algunas políticas culturales han permitido tomar cierta conciencia de las pérdidas y cómo poder frenar el deterioro de los archivos sonoros, gráficos y audiovisuales, sobre todo de aquellos que se encuentran en una irreversible obsolescencia como lo son los soportes analógicos, o los que tienen como soporte el papel. (Ver Textos fundamentales de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial 2003: https://ich.unesco.org/doc/src/2003_Convention_Basic_Texts-_2018_version-SP.pdf) La era digital que nos atraviesa permite disponer de novedosas herramientas que podemos aplicar para atesorar y resguardar todo, con la participación de la comunidad y decisiones políticas en la misma dirección.
Cada tango es una historia
En cada tango un pedazo de historia, un renglón de vida que los músicos, poetas y letristas componen bellamente para trenzar los renglones de tinta virtual y quedar mirándonos en este espejo musical del amor y los actos humanos. Y que no falte nunca el abrazo tanguero.
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Raúl Joaquín de los Hoyos es Patrimonio Cultural de Saladillo (2018) y Ciudadano Distinguido Post Mortem (2019).
En 2023 el Honorable Concejo Deliberante de Saladillo sancionó una ordenanza instituyendo la Distinción Raúl De Los Hoyos a la Trayectoria Musical.
En el 2024, el Honorable Concejo Deliberante de Saladillo sancionó por unanimidad la ordenanza 17/2024, sancionó imponer el nombre “Raúl Joaquín de Los Hoyos” a una calle de la ciudad de Saladillo.-
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