100 AÑOS AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN ELÉCTRICA EN ARGENTINA

Rosita Quiroga y Raúl de los Hoyos

Los artífices olvidados de la revolución sonora del tango

 

 

La grabación de Rosita Quiroga,  publicada en marzo de 1926, para el sello Victor no fue solo un hito tecnológico, fue el «Big Bang» sonoro que transformó al tango de una expresión rústica a un fenómeno artístico global. Gracias a la sensibilidad del nuevo micrófono, Rosita Quiroga pudo cantar de una forma que antes era imposible: el susurro.

Rosita, con su estilo «restringido» y profundo, fue la voz perfecta para inaugurar esta era, permitiendo que el sentimiento primara sobre el volumen.

 

El pianista compositor, creador del arreglo en tiempo de tango, de La Cumparsita, director de orquesta Roberto Firpo, en los estudios de Discos Nacional Odeon, de Max Glücksmann

 

La grabaciones acústicas

Antes de este momento, las grabaciones eran acústicas. Los artistas debían cantar frente a enormes bocinas de metal, proyectando la voz con una fuerza casi antinatural para que las vibraciones movieran físicamente una aguja sobre la cera. El matiz se perdía; la sutileza no existía.

En las grabaciones acústicas, el contrabajo y el piano solían sonar empastados o débiles. La grabación eléctrica permitió que cada instrumento de la orquesta tuviera su propio espacio y claridad. Esto impulsó a los directores de orquesta a crear arreglos más complejos, sabiendo que el público ahora sí podría escuchar cada nota.

Cuando hablamos de los años dorados del tango, la memoria suele encender sus reflectores sobre las grandes orquestas y voces masculinas de la década del 40, como si la historia hubiera comenzado ahí. Y hubo encuentros, asociaciones brillantes que generaron un antes, vibrante y fundacional, y un después donde una mujer de arrabal movía los hilos del género desde las entrañas mismas de la industria discográfica, mientras un joven compositor pisaba asfalto, suburbios, teatros, redacciones, y ponía notas a la nueva sensibilidad femenina que emergía en los conventillos y los bailes de la década de 1920.

La mujer que mandaba en la Víctor

Rosita Quiroga (1896-1984), que pasó su infancia y se crió en el barrio de La Boca, no fue simplemente «la primera voz femenina del tango» ni «la musa mistonga del arrabal». Detrás de esos títulos acuñados por la prensa de la época, se escondía una figura de poder inusual para su tiempo: la verdadera directora artística del cancionero popular del sello Víctor durante los años veinte, aunque el cargo formal lo ocupara el pianista Adolfo Carabelli.

Su «olfato tanguero», esa capacidad casi milagrosa de distinguir lo que perduraría de lo que sería mero ruido de fondo, era tan respetado que su palabra pesaba más que cualquier organigrama. Rosita no solo cantaba: seleccionaba, descartaba, impulsaba y perfeccionaba. Ella mandaba en la Víctor, y cantaba con alma de arrabal.

Fue así como, desde su lugar de autoridad silenciosa, tendió la mano a quienes luego serían gigantes. Mercedes Simone, Agustín Magaldi, Oscar Ugarte, Dorita Davis, Celedonio Flores… todos recibieron el impulso generoso de esta mujer que entendía el tango como un tejido comunitario, no como una propiedad privada.

El compositor de la nueva sensibilidad

Pero si Rosita era el oído y el criterio, hacían falta creadores que pusieran música a esos tangos que ella sabía elegir. Y ahí aparece la otra figura central de esta historia: Raúl de los Hoyos, un compositor que en 1924, con apenas veintiochos años, dos años menor que ella, irrumpió en el género con una pieza que llevaba en su título una interpelación directa, casi un grito: ¡Sonsa!.

La palabra, en lunfardo de la época, aludía a la mujer ingenua, algo tonta, que se dejaba engañar por los hombres. Pero el tango de De los Hoyos, con letra de Emilio Fresedo (hermano menor del gran Osvaldo Fresedo), proponía algo más profundo: una crónica de la vida cotidiana que rozaba la incipiente emancipación femenina, esa que empezaba a respirarse en las calles de Buenos Aires mientras las mujeres, silenciosamente y también a viva voz, ganaban espacios públicos y cuestionaban mandatos.

No era casualidad que la voz que eligiera interpretarlo fuera la de Rosita Quiroga, encarnación viva de esa mujer nueva que el tango empezaba a retratar. Así como lo hizo Iris Marga en 1924, en la revista “¿Quién dijo miedo?”, donde fue estrenado este tango.

Avanzaba 1925, con algo más de medio año transcurrido. El aire en la sala de grabación de la Víctor vibraba con el zumbido de la nueva era eléctrica, que iba dejando de ser rumor y experimentación en secreto para convertirse en realidad palpable. Fue entonces cuando Emilio Fresedo, siempre elegante y con el oído atento a la vanguardia, hizo las presentaciones.

Con la autoridad de quien ya conocía la calidad compositiva y el éxito de su amigo, autor de «Con alma y vida», Emilio tomó del brazo a Raúl De los Hoyos, el joven pianista que estaba redefiniendo con su propuesta renovadora la melodía tanguera, y lo condujo hacia la mujer que era, en sí misma, el alma del arrabal, el espíritu indomable del bajo fondo del gran puerto rioplatense: Rosita Quiroga. Una mujer con poder de decisión.

Entre los estuches de los instrumentos, los músicos en diálogos amenos con los funcionarios y el brillo metálico de los nuevos micrófonos Western Electric, se produjo el saludo. Rosita, con esa mirada que parecía haberlo visto todo en el mundo que la rodeaba, aceptó el cumplido de De los Hoyos mientras en el ambiente flotaba un eco premonitorio: era la misma sala donde poco antes se había registrado la versión instrumental de «¡Sonsa!» por la Orquesta Típica Fresedo, de Osvaldo Fresedo.

Nadie allí sospechaba que, en ese cruce de manos, se estaba sellando el destino de una versión cantada que pronto haría historia en la cera de los discos.

 

 

 

El día que el tango se volvió eléctrico

1 de marzo de 1926. Esa fecha debería brillar con luces propias en el calendario de la música popular argentina. Ese día, la Víctor Talking Machine Company . filial local del gigante norteamericano, de Camden (Nueva Jersey) dio un paso monumental que dejaría obsoletos para siempre los viejos métodos acústicos de grabación.

Hasta entonces, grabar un tango era una ceremonia casi medieval: los músicos se apiñaban alrededor de una enorme bocina de cono invertido que captaba el sonido de manera mecánica, como un embudo gigante que embalsamaba las ondas sonoras en surcos de cera. Las limitaciones eran enormes: ciertos instrumentos no se escuchaban bien, las voces debían proyectarse de manera antinatural y los errores no podían corregirse.

Pero en 1925, la Columbia Records había lanzado en Estados Unidos la primera grabación comercial con sistema eléctrico: «You May Be Lonesome (Puedo ser solitario) «, interpretada por el pianista Art Gillham. El salto tecnológico era abismal. Un micrófono Western Electric 387 (doble botón de carbón, de alta fidelidad) reemplazaba a la vieja bocina, conectado a amplificadores que por primera vez permitían capturar la textura íntima de la voz humana: los matices, los susurros, los quiebres emocionales.

 

Art Gillham (1895–1961), conocido popularmente como «The Whispering Pianist» (El pianista susurrante), fue un pionero de la radio, compositor y uno de los primeros «crooners» estadounidenses. «Crooner»: artistas que priorizan la melodía y el sentimiento con una voz suave y controlada.

 

La Víctor entendió rápidamente que no podía quedarse atrás. Y tras meses de experimentación, decidió que su filial argentina sería el escenario de su apuesta más fuerte en Sudamérica. Pero hacía falta una voz que mereciera semejante bautismo tecnológico. Alguien que representara el alma del tango —que ya era escuchado con atención en buena parte del mundo— pero también su autenticidad. Alguien con la autoridad suficiente para que el público entendiera, sin necesidad de explicaciones, que aquello que escuchaba era el presente popular y el futuro.

Esa voz, naturalmente, fue la de Rosita Quiroga, «la musa mistonga», que grabó, para esta gran ocasión, precisamente los tangos «La musa mistonga», creación de Celedonio Flores con el pianista Antonio Polito, dedicado a Quiroga y «Beba», también de Celedonio Flores pero con música de Edgardo Donato.

Como en todos sus registros fonográficos estuvo acompañada por un conjunto de guitarras liderado por Vicente Spina e integrado entre otros, por Miguel Correa y un tal Edmundo Porteño Zaldívar (h) , el futuro autor del carnavalito El Humahuaqueño. Rosita registró dos tangos que quedarían para siempre como las actas de nacimiento del sonido moderno en la Argentina.

 

 

Celedonio Flores

Poeta afro descendiente argentino sensible y letrista fundamental del tango, Celedonio Esteban Flores nació en Buenos Aires el 3 de agosto de 1896 y murió el 28 de julio de 1947. Asiduo de la bohemia porteña, supo retratar como pocos el alma popular, alternando el verso lunfardo con la sentencia moral. Autor de auténticos himnos del género como Margot, Mano a mano, Viejo smoking, Corrientes y Esmeralda o El bulín de la calle Ayacucho, su obra incluye también títulos como Mala entraña, Viejo coche, Por qué canto así, Malevito, Canchero, Muchacho, Sentencia, Pobre gallo bataraz, Si se salva el pibe, La mariposa y La musa mistonga. Su talento narrativo y su mirada sobre la gente humilde quedaron plasmados en libros como Chapaleando barro y Pasa el organito, donde el vigor y el patetismo conviven con inusual maestría.

Antonio Polito

Músico, compositor, nació en Buenos Aires el 31 de mayo de 1898 y falleció en la misma ciudad el 18 de agosto de 1958. Integrante de una familia de músicos, era hermano de Juan Polito, también pianista, y fue su hermano mayor Pedro quien lo llevó de la mano, desde muy joven, a recorrer los escenarios donde el tango se hacía sentir. Su vida artística se fue plasmando en cada rincón del barrio de Once y en cuantos lugares convocaban al dos por cuatro.
La radio argentina lo tuvo como animador desde sus inicios, ¡qué tiempos aquellos de Radio Cultura!, ya fuera como solista o liderando pequeños conjuntos. Alternó las presentaciones en fiestas y bailes con su ininterrumpida labor radial en emisoras como Rivadavia, Mitre, Argentina, Nacional y muchas otras, porque la música era su medio de vida. También llevó su arte en giras por varias provincias y por la hermana República Oriental del Uruguay.

 

El misterio de la nueva tecnología

La empresa Víctor fue la primera en traer la grabación eléctrica a la Argentina. Aunque su rival, Odeon, no pudo seguir el ejemplo hasta noviembre, esto no le dio a Víctor una ventaja competitiva inmediata: ambas partes tenían interés en no publicitar la nueva tecnología porque, si realmente era mucho mejor que la grabación acústica, ¿quién compraría las existencias de viejos discos?

Víctor y Odeon llegaron a un acuerdo entre caballeros y no se hizo ningún anuncio. En consecuencia, Víctor no modificó su sistema de numeración, manteniendo la misma matriz numérica, y no había forma de saber si el disco había sido grabado acústica o eléctricamente. Una vez que Odeon se convirtió al sistema eléctrico en noviembre, los discos de Víctor llevarían el monograma VE: Víctor Electrical.

 

 

La primera grabación eléctrica fue la matriz BAVE (Buenos Aires Víctor Electrical) 753, que le fue entregada a Rosita Quiroga. Se vendieron más de 14.000 copias.

Antes de establecer una sede permanente, la compañía Víctor operaba mediante expediciones —más de veinte entre 1903 y 1926— que utilizaban equipos portátiles para registrar a artistas locales en distintos puntos de la ciudad. Durante gran parte de la década de 1920, mantuvo una presencia administrativa y salas de grabación en zonas céntricas y de alta visibilidad, como Palermo y el centro de Buenos Aires. Finalmente, tras su fusión con RCA, el 11 de marzo de 1929 se inauguró el complejo industrial más emblemático en el barrio de Saavedra, que incluía estudios de grabación para la nueva compañía RCA Víctor.

 

Video – ¡SONSA! – ROSITA QUIROGA – 1926

 

 

¡Sonsa!: el tango que inauguró la era eléctrica de Raúl De los Hoyos

El 7 de octubre de 1926, Rosita Quiroga grabó los tangos «¡Sonsa!» (matriz BAVE-966 de 10 pulgadas – 25 cm – Nº de etiqueta Víctor 79741) y «De mi barrio», de Roberto Emilio Goyeneche (tío del «Polaco» Roberto Goyeneche). En la información de Discography Of American Historical Recording figura el dato de que, en la tarjeta histórica azul de Víctor, el master fue entregado el 23 de diciembre de 1926 a la planta de procesamiento.

 

Las primeras ediciones eléctricas, realizadas en 1926, fueron publicadas en Estados por la compañía Victor y por la licenciataria de Victor en Inglaterra, The Gramophone Co. LTD., de HAYES, MIDDLESEX.

 

Ella había inaugurado la era eléctrica en la Argentina el 1 de marzo de 1926, cambiando para siempre la forma de escuchar y sentir nuestra música ciudadana. Gracias a esa decisión de la Víctor, el tango ¡Sonsa!, la obra primigenia de Raúl, fue el elegido para sumarse a sus registros eléctricos durante ese primer año. De este modo, la artista saladillense no solo marcó un hito tecnológico, sino que también enriqueció el catálogo de obras que serían versionadas por los más grandes intérpretes de su época.

En 1929, la fonográfica RCA Víctor reeditó dos grabaciones eléctricas de la Víctor bajo la nueva etiqueta RCA Víctor. En el lado A, «Mandria», que había sido grabado en 1927, con música de Juan Carlos Rodríguez y letra del uruguayo Francisco Brancatti y Juan M. Velich. Un tango de arrabal profundo, de esos que retrataban al malevo con código de honor, al hombre de esquina que cargaba su destino como una cruz.

En el lado B, ¡Sonsa!, el tango de Raúl de los Hoyos con letra de Emilio Fresedo, grabado en 1926. El tango de la mujer emancipada. Y ahí, en esa decisión de programación, se condensaba toda una filosofía: la misma Rosita que había elegido los temas para el sello Víctor sabía que estaba grabando algo más que un simple disco. Estaba fijando un mojón.

¡Sonsa! fue el primer tango de Raúl De los Hoyos que cruzó el océano y acaparó el interés de las mujeres. El impacto de aquella grabación, en el mundo machista de la época, fue inmediato y profundo. Pero la historia guardaba un detalle curioso que habla de cómo el tango empezaba a tejerse como un fenómeno cultural sin fronteras.

Cuando la Víctor preparó la edición del disco para el mercado de Estados Unidos, los ejecutivos norteamericanos tomaron una decisión reveladora: la dupla De los Hoyos-Fresedo era una garantía de calidad y, sobre todo, de éxito comercial, ya probada en la escena teatral argentina.

Ese gesto, aparentemente menor, consagró definitivamente a Raúl de los Hoyos como uno de los compositores más finos y sensibles de su generación. Su melodía en ¡Sonsa! no solo había inaugurado el primer año de la era eléctrica en la Argentina, sino que cruzaba el océano llevando en sus surcos la nueva sensibilidad del tango: esa mezcla de denuncia sutil, crónica costumbrista y empoderamiento femenino que definía una línea estética novedosa dentro del género.

 

 

 

Epílogo / La memoria necesaria

Hoy, cuando celebramos los avances tecnológicos como si fueran novedades absolutas, conviene recordar que la primera gran revolución sonora de nuestra música popular tuvo rostro de mujer y alma de arrabal. Rosita Quiroga no solo fue la primera en grabar con micrófono eléctrico en la Argentina: fue la primera en demostrar que el criterio artístico no entiende de géneros ni de jerarquías formales. Su palabra pesaba más que la de cualquier directivo porque su oído era infalible y su compromiso con el tango, innegociable.

Raúl de los Hoyos, por su parte, nos legó en ¡Sonsa! algo más que un tango exitoso: nos dejó la partitura de una época donde las mujeres empezaban a interpelar su destino, donde el arrabal dejaba de ser escenario de malevos para convertirse también en territorio de conciencia.

Ambos, juntos aquel 1 de marzo de 1926, firmaron la partida de nacimiento del tango sonoramente moderno y en constante evolución poética y musicalmente.. Que esta nota sea un pequeño homenaje a su memoria y un recordatorio de que, a veces, los verdaderos hacedores de la historia trabajan en las sombras, moviendo los hilos, eligiendo repertorios, componiendo desde la humildad del barrio.

Porque el tango, como la vida misma, se teje con nombres que merecen no ser olvidados.

Nota: Este artículo forma parte del Septenio del Primer Centenario de las Obras de Raúl de los Hoyos «El hijo de la Música» (1924–1931 / 2024-2031), un homenaje a su trayectoria y contribución al género, que busca redescubrir, recuperar culturalmente y difundir el legado de uno de los grandes creadores finos y renovadores del tango, uno de lo pilares de la música argentina. Porque en cada compás de su obra late una sensibilidad que, cien años después, sigue hablándonos con vigencia y emoción. Es el punto de partida, y también una declaración de principios de la cultura popular: generar identidad, emocionar, con arte, con estilo, con corazón.

 

RAULDELOSHOYOS.COM-SITIO CULTURAL – SIN  FINES DE LUCRO

Es fundamental  que los archivos sonoros, gráficos y audiovisuales sean considerados un bien cultural.

La UNESCO ha elaborado recomendaciones para la salvaguardia de estos materiales como parte de la memoria
del mundo. Algunas políticas culturales han permitido tomar cierta conciencia de las pérdidas y cómo poder frenar el deterioro de los archivos sonoros, gráficos y audiovisuales, sobre todo de aquellos que se encuentran en una irreversible obsolescencia como lo son los soportes analógicos, o los que tienen como soporte el papel. (Ver Textos fundamentales de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial 2003: https://ich.unesco.org/doc/src/2003_Convention_Basic_Texts-_2018_version-SP.pdf) La era digital que nos atraviesa permite disponer de novedosas herramientas que podemos aplicar para atesorar y resguardar todo, con la participación de la comunidad y decisiones políticas en la misma dirección.

Cada tango es una historia

En cada tango un pedazo de historia, un renglón de vida que los músicos, poetas y letristas componen bellamente para trenzar los renglones de tinta virtual y quedar mirándonos en este espejo musical del amor y los actos humanos. Y que no falte nunca  el abrazo tanguero.

rauldeloshoyos.com es un sitio web NO comercial, por lo que los materiales publicados tienen como único cometido informar sobre la obra de Raúl Joaquín de los Hoyos, conocido artísticamente como Raúl De Los Hoyos, el tango, sus letristas e intérpretes, difundir el Patrimonio Cultural de Saladillo y entretener a toda persona que lee la página.

Raúl Joaquín de los Hoyos es Patrimonio Cultural de Saladillo (2018) y Ciudadano Distinguido Post Mortem (2019).

En 2023 el Honorable Concejo Deliberante de Saladillo sancionó una ordenanza instituyendo la Distinción Raúl De Los Hoyos a la Trayectoria Musical.

Luis Perrière, creador y director de www.rauldeloshoyos.com, el sitio cultural dedicado a difundir la investigación realizada desde el 2013, sobre la importante obra de Don Raúl De Los Hoyos y los valiosos nombres de los creadores que cimentan el patrimonio cultural saladillense, y del Canal Luis Perrière, en YouTube, www.youtube.com/@luisperriere2649, con más de 500 videos dedicados sustentar las creaciones del pianista. Los sitios, son sin fines de lucro, no contienen publicidad, y son sostenidos con recursos propios y ad honorem.

 

 

Luis Perrière, creador y director de www.rauldeloshoyos.com, el sitio cultural dedicado a difundir la investigación realizada desde el 2013, sobre la importante obra de Don Raúl De Los Hoyos y los valiosos nombres de los creadores que cimentan el patrimonio cultural saladillense, y del Canal Luis Perrière, en YouTube, www.youtube.com/@luisperriere2649, con más de 500 videos dedicados sustentar las creaciones del pianista. Los sitios, son sin fines de lucro, no contienen publicidad, y son sostenidos con recursos propios y ad honorem.

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